Henry James

–Es una larga historia –dijo mi amigo Jacinto Guarrochena. –Bueno, no tan larga. Lo que sucede es que me falta capacidad de síntesis para resumírtela. Para no extenderme en exceso, diré que me enfrenté a unos tíos que intentaban violar a una mujer en plena madrugada. Logré mi propósito, esto es, impedir la violación, pero, a cambio, perdí la mano en el transcurso de una refriega con machetes y navajas de hoja dentada. Había luna llena y recuerdo que la cabeza de uno de aquellos bastardos fue a parar contra una farola. Pero eso no tiene interés para lo que pasó luego. ¿Entiendes, Aragón? Además no quiero aburrirte con una historia tan larga. Me quedé manco y no hay mucho más que narrar, a menos que te diviertan los detalles escabrosos. A mí, para serte franco, me espantan esos cuentos plagados de truculencias. Desde que leo a Henry James me he vuelto un ser bastante comedido. ¿Sabes que ahora fumo en pipa y que veo películas en versión original? Ahora bien, cuando vi a aquella pobre mujer tirada en el suelo y rodeada por aquellos rufianes, me olvidé de las buenas formas que enseña uno de los fundadores de la novela moderna y me lancé hacia ellos como un cachalote. ¿Que qué hacía paseando yo por aquel barrio? Pues es una historia muy larga y no me parece necesario enumerarte las razones que me han convertido en un ser nocturno. Pero si te pica la curiosidad, te diré que he olvidado el motivo por el que ya no duermo por la noche. Supongo que desde la muerte de Moscú mi vida no ha sido igual. Moscú era el mejor perro de la ciudad. Siempre durmió conmigo. Jamás me puso los cuernos. Y lo mejor de todo es que no se quejaba de mis ronquidos. Sin Moscú no soy nada. Sé que debería sobreponerme, pero no me encuentro con fe en mí mismo. A decir verdad, nunca tuve fe en mí mismo. ¿Por qué? Es una larga historia y no mereces que te agote más con mis películas. Lo importante ahora es que me he quedado manco y que no sé masturbarme con la mano izquierda. Sí, ya sé. Todo es cuestión de práctica. Pero es que me siento acabado. ¿Sería mucho pedirte que me enseñaras a meneármela con la zurda? No me malinterpretes. Te lo pregunto porque tú eres un especialista en esas industrias solitarias. Bueno, olvídalo. No quiero que te enfades. Eres mi amigo. Por cierto, ¿sabes qué? No sé por qué cojones tuve que meter las narices donde no me llamaban. Evité una violación, sí, pero luego me he enterado de que la mujer a la que salvé era hermana de aquellos tipos que me cortaron la mano. ¿Por qué querrían violar a su propia hermana, Aragón? Sería una historia muy larga de contar y no doy más de sí. Además, desde que leo a Henry James no me interesa tanto hablar de estas porquerías…    

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