Los impotentes

El hombre tenía más de cincuenta años y estaba llorando sobre la barra del bar. Le pregunté si podía ayudarle en algo, pero él negó con la cabeza. No obstante, me contó lo siguiente:

–Hace una semana murió uno de mis mejores amigos, José Contero. No me lo puedo creer. ¿Cómo es posible? ¿Cómo es posible, coño? Contero trabajaba de mecánico de camiones en Algeciras. Estaba satisfecho con su empleo, pero no muy contento con su esposa, una mujer de sangre demasiado caliente que no dejaba de reprocharle su exiguo entusiasmo marital. Mi amigo, que era de ánimo generoso y noble, empezó a tomar unas pastillas para vencer la indiferencia sexual. El remedio farmacéutico hizo bien su trabajo y Contero no conoció nunca más el cansancio ni la inapetencia carnal. Y entonces, no exagero, señor, la esposa de mi amigo fue feliz durante varias semanas. Muy feliz. Pero los hados quisieron aguar el festín a mi amigo y a su mujer. Y se la aguaron de un modo horrible. Una madrugada, cuando el hombre conocía a su mujer (en el sentido bíblico), el corazón de uno de ellos se detuvo para siempre. Así, de golpe, como si se hubiese apagado una luz. Terrible, terrible.

–De modo que su amigo murió de un fallo cardiaco cuando cumplía con sus obligaciones maritales. Es sobrecogedor, pero también heroico –comenté.

–No. Mi amigo no murió esa noche. Fue el corazón de la mujer el que se quedó como una piedra. La pobre ignoraba que su órgano vital fuera más delicado que el hojaldre. ¿Sabe usted qué es lo más macabro de esta historia?

Fruncí el ceño y dije que no, llevándome aprensivamente la mano al corazón.

–Pues que mi amigo –continuó el hombre– no reparó en el estado inerte y exánime del cuerpo de su mujer hasta el amanecer. Final monstruoso. Y todo por culpa de unas pastillas que ponen al límite la resistencia de quienes se creen titanes del amor. Dos días después, con el cadáver de la mujer a punto de quedar reducido a cenizas, Contero se presentó en la consulta del médico que le había recetado las pastillas y no aceptó las explicaciones del doctor ni tuvo piedad de él. El médico nada pudo hacer. Era un hombre tranquilo que amaba su ciencia y que albergaba la convicción de que los hombres no son malos por naturaleza.

–¿Me está contando que su amigo mató a un médico?

–Sí. Pero luego se ha sabido que no era un médico, sino un listo que se hacía pasar por médico. Pero claro, matar a un hombre, aunque sea un impostor, se paga con años de cárcel.

–Asombroso. ¿Lo que no me queda claro es cómo murió Contero?

–Ingirió más de veinte pastillas para combatir la impotencia. Se debió de sentir culpable.

–No me extraña. Créame que lo siento. Si puedo hacer algo por usted, dígamelo.

–Nadie puede hacer nada por mí.

–¿Cómo se llama?

–No le pienso decir mi nombre. Y no sé por qué le cuento todo esto a un desconocido. Yo sólo soy un señor de clase media con problemas de erección. Y no tengo muy claro si combatir mi problema con pastillas o resignarme para siempre a ser el hazmerreír de mi mujer.

–Le aconsejo que se beba otra cerveza y se olvide del asunto. Usted ya me entiende…

–No, no le entiendo. ¿Y quién coño es usted? –me preguntó con ira en los ojos.

–Alguien que sufre por los impotentes de la Tierra.

 

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