Vida imaginada de Guillermo Faulkner

  1. La señora Maud Butler da a luz a su primer hijo en la localidad de New Albany, Misisipi. Corre el año 1897. Al recién nacido se le llamará William, pero algunos amigos de la familia le llamarán Guillermo, si bien esta curiosidad no ha quedado recogida en las biografías tanto oficiales como oficiosas que se han escrito sobre este ilustre sureño. Guillermo es un bebé silencioso, sonriente. Desde sus primeros días de vida llega a sus minúsculas narices el olor de los campos de algodón y el canto de los negros y el aroma del bourbon. El niño vive rodeado de personas que fuman, que hablan del infierno con pereza y que examinan la tierra y el cielo con solemnidad. Su padre profiere sarcasmos al atardecer y arranca risas ásperas a su alrededor. Transcurre un año. En un arroyo cercano a la casa de los Falkner muere un caballo tras pelear con una serpiente. El pequeño Guillermo vegeta plácidamente en su cuna. El caballo muerto empieza a pudrirse.

 

  1. Guillermo Falkner es un adolescente introvertido que solo habla lo necesario. Una tarde lee unos pasajes de Great Expectations mientras hace sus necesidades entre aglomeraciones de cañas y escaramujos. Está convencido de que puede escribir mejor que Mr. Dickens. Cuando llega el momento de limpiarse el trasero, descubre que no tiene papel. Arranca una página de la novela y le encomienda un cometido menos digno. “Lo siento de veras, pero no me queda más remedio, señor Dickens”. No repara en que una niña negra le está espiando tras un arbusto porque está enamorada de él. Esa niña acabará violada por un blanco y ese blanco morirá veinte años después leyendo una novela titulada Santuario. ¿Causa de la muerte? Una hemiplejía provocada por el pánico al ver cómo un incendio se zampa una finca vecina.

 

  1. Abril de 1910. Guillermo asiste a una carrera de caballos en el hipódromo de Jefferson. Es una mañana soleada. Banderas yanquis flamean vanidosas. Gentes orgullosas de pertenecer a una gran nación van de aquí por allá. Guillermo recibe un pisotón y refunfuña. Su padre le asesta una bofetada por haber escupido al suelo. Guillermo encaja el golpe sin rechistar. Cerca de él hay una señora de grandes senos que se come una hamburguesa y que se tira pedos disimuladamente. El joven Falkner tiene una erección y se sonroja. Poco después, la policía detiene a un hombre del público. Se trata de un predicador que hace reír a unas señoritas con acento texano. Los agentes acusan al predicador de haber metido una bala a un comerciante de Tennesse. El joven Guillermo es testigo de cómo los agentes aporrean al presunto criminal, quien se resiste a acompañarles en nombre de Dios y de Abraham Lincoln.

 

  1. Estalla la Gran Guerra, conocida popularmente como I Guerra Mundial. Mientras un joven alemán llamado Ernst Jünger desea matar franceses y escribir sobre el honor y sobre el gas mostaza, Guillermo Falkner se mete en bares y en cafeterías de Oxford (Misisipi) y escucha las conversaciones de los más viejos. Los más viejos hacen su papel y salmodian refranes y sentencias. Alguien dice que América debe olvidarse del resto del mundo y dejar que Europa se pudra ella sola. “Aleluya”, dice un caballero que ejerce la abogacía y que se pone morado a mufflings. Guillermo decide alistarse en la Fuerza Aérea Británica. Una semana después se tumba en un prado de hierba próximo a la casa familiar. Un perro ladra en la oscuridad. Guillermo se encuentra abatido. Los dientes le rechinan de ira. Le han rechazado porque es bajito. Se rasca la barbilla, se pellizca el bigote y jura ante las estrellas que será más célebre que el majestuoso Melville o que el abuelo Whitman. Esa madrugada consigue conciliar el sueño después de leer un relato del señor Poe. “No está mal este cuentecito”, piensa mientras cierra los ojos.

 

  1. Acaba la guerra. Bastantes héroes vivos se mueren de hambre y no saben qué hacer para sentirse útiles en una Europa gangrenada. Los héroes muertos, por su parte, tienen la suerte de que ya nadie volverá a tocarles las pelotas. Guillermo escribe poemas y relatos como un poseso. Trabaja de cartero, pero ya se ha escrito bastante sobre eso. Quienes leen sus textos le aconsejan que aprenda a puntuar y a prescindir de adjetivos y de pronombres. Se enfurece y visita algunos burdeles donde una puta intenta hablar francés. Guillermo se encariñará de esa mujer, pero no podrá evitar que la desgraciada sea asesinada por un cliente, un granjero que presume de cazar osos mientras bebe whisky. Por esta época Guillermo se pega con camareros, pero son peleas que acaban con palmadas en la espalda. Bebe a cualquier hora para no perder la paciencia ni el estilo. Cuando pasa por delante de alguna iglesia, se imagina el templo en llamas y a un hombre fuerte y robusto disparando a la feligresía llena de pavor.

 

 

  1. Pasa un tiempo en París. No sabe muy bien qué coño pinta en la capital francesa. Sabe que por allí hay unos americanos que escriben novelas y que beben champán cuando tienen algo de dinero. Sabe que uno de ellos se llama Scott Fitzgerald y que posee un hígado que huele a podrido a pesar de ser un hígado aún joven. No entiende cómo ese tipo, el tal Francis Scott, tiene tanta fama. Lee sus novelas y le parecen fáciles de escribir. Una noche, cerca de Trocadero, se cruza con un tío cuya cara le resulta familia. Más tarde cae en la cuenta de que es Picasso. Guillermo está convencido de que un día Picasso querrá conocerle.

 

 

  1. Consigue ser famoso. El dinero llama a su puerta y se le caen las lágrimas mientras cuenta los dólares en la cocina de su casa de Oxford, Misisipi. Siempre quiso ser rico y vivir en un pueblo pequeño. A sus 34 años ya ha escrito novelas que cuesta leer pero que deben ser leídas por cualquier persona que aspire a llamarse a culta. Es el año 1932 y Falkner ya se llama Faulkner. Miles de artículos se escribirán para explicar la razón de esa alteración en su apellido. Su mujer, entretanto, le obliga a leer el Ulises para que no haga el ridículo en las conferencias y en las entrevistas cuando le pregunten sobre James Joyce. Guillermo piensa que James ha hecho un libro ingenioso y suculento, pero no considera que ese irlandés procaz y jesuítico sea capaz de escribir El ruido y la furia o Luz de agosto.

 

  1. Es hora de que nos situemos en Hollywood. Un hotel de Beverly Hills. Desfilan los cócteles por pasillos y jardines. En la piscina chapotean varias aspirantes a actriz. Un atlético mozo salta del trampolín. Zas. Aplausos de su amante, un productor que mete tripa. En una habitación sudorosa, Guillermo hace el amor con una mujer diez años menor que él. Le gusta el asunto, pero no le agrada que la chica sea virgen y que le saque cinco centímetros de estatura. Su mujer descubre el pastel y perdona al novelista cuando éste arguye que necesitaba tener esa experiencia para aclimatarse a la dorada California. Se hace amigo del cineasta Howard Hawks. Hablan de aviones, de escopetas y del coño emergente de una jovencita llamada Lauren Bacall. Hawks lamenta que sea un coño judío. Faulkner considera que eso carece de importancia. A miles de kilómetros de allí, en Berlín, Hitler se come un plato de raviolis mientras Himmler le explica cómo se construye un horno crematorio.

 

  1. Cuando cae la bomba atómica sobre Hiroshima, Faulkner no ve inconveniente en dar un paseo a caballo. Cuando se entera de que ha caído otra bomba sobre Nagasaki, opta por vaciar una botella de bourbon. Se va sintiendo viejo. A veces lamenta que los negros las pasen putas en los United States. Sin embargo, en su fuero interno sostiene que algunos negros se complican la vida innecesariamente. En Estocolmo, tras recoger el Nobel de Literatura, Guillermo dialoga con algunas personalidades y les aconseja unas pastillas para la acidez de estómago. Regresa a Estados Unidos y se va de caza. Sigue teniendo buena puntería. Por poco le vuela la cabeza a un vagabundo. Una noche confiesa a un amigo que le gustaría escribir una novela inspirada en la figura de Fidel Castro.

 

10. Días antes de morir ve en la televisión un documental sobre William Faulkner y no puede evitar reírse de sí mismo. Luego se echa a llorar. Nueva borrachera. La última y definitiva. Y de ahí a la eternidad. Hace cincuenta de años de aquello. Los novelistas y reseñistas literarios de relevancia pugnan estos días por escribir algo nuevo de este maestro. Buena suerte. De Faulkner pueden decirse muchas cosas y todas son verdad en cierto modo. Es un clásico y los clásicos son un resumen del mundo. 

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