Una carta de despedida

Beatriz Madrid no es una mujer excéntrica ni es proclive a liarse con hombres problemáticos. Trabaja de dependienta en una tienda de complementos deportivo, ríe los chistes de su jefe y se mete en la cama con tipos que solo entienden de fútbol y de coches. Se casó una vez y no piensa volver a hacerlo. Él era triste y lloraba cuando escuchaba canciones de Elvis, pero eso no le impidió engañarla. Ella le perdonó, le dijo que lo entendía, le dijo que entendía que no se puede ser perfecto, pero también le dijo que debían divorciarse sin perder los nervios, como amigos, como gente elegante y moderna, tú por ese lado y yo por el otro, nada de resentimientos, la vida es así y el ser humano es débil. Él no quiso entenderlo y amenazó con hacer una locura. Entonces ella llamó a su hermano, el policía que almacena fotos de Primo de Rivera en la guantera del coche, y el policía hizo entrar en razón al marido. Ella cree que su hermano usó las manos. Ella no aprueba la violencia, pero aquella violencia, si es que la hubo, le permitió recuperar la libertad.

Ha pasado un año desde entonces y ella lleva varias semanas tratando de escribir una carta de despedida cuya destinataria es Patricia, una amiga de la universidad a la que hace años que no ve. A través de antiguas amistades se ha enterado de que Patricia está muy enferma. Beatriz no se atreve a visitarla porque no quiere dar falsos ánimos a una persona que está cerca de la muerte, que es lo que habitualmente hacemos las personas cuando nos acercamos a un moribundo. Patricia y Beatriz se quisieron mucho, eran guapas y se burlaban de las feas. Aquellos fueron años alegres, azules, anaranjados, frívolos. Sus cuerpos recibían el homenaje brusco y lúbrico de cientos de miradas. Todo era llano y liso y ellas avanzaban sin esfuerzo. Eran dos estudiantes que desdeñaban el cansancio de la madurez. La despreocupación era su patria: no tenían miedo al miedo. Pero acabaron la carrera y Patricia logró ser una locura de radio bastante popular. No hace falta decir que Beatriz no se convirtió en nada de eso. Beatriz se colocó de dependienta en una tienda como un modo provisional de ganarse un sueldo y una pizca de independencia. Pero lo provisional, como suele suceder, se convirtió en lo único y en lo duradero, y por esa razón Beatriz es ahora una de las millones de dependientas que están abocadas a escuchar los piropos rijosos de sus compañeros y de sus jefes.

La amistad entre Beatriz y Patricia se fue desvaneciendo lentamente en la medida en que Patricia no dejaba de prosperar y Beatriz no dejaba de hundirse. En realidad, Beatriz se encargó de sabotear sigilosamente una relación que Patricia nunca quiso romper enteramente. Una pregunta hurga el cerebro de Beatriz: ¿Qué extensión debe tener la carta? No lo tiene nada claro. Le gustaría ser breve, telegráfica. Siempre le ha aburrido escribir y no ha comprendido cómo un ser humano puede perder el tiempo escribiendo libros interminables que solo puede leer una minoría de ociosos y de inadaptados sociales. Sin embargo, lo que Beatriz quiere decirle a Patricia no puede resumirse ni en quince ni en cien párrafos. Beatriz desearía escribir: “Querida Patricia, llevo años deseando tu muerte y ahora me entero que ese momento se acerca…”. Pero Beatriz también considera que no debe escribir esa verdad. ¿El amor que siente por su antigua amiga sigue siendo más fuerte que la envidia? Es posible. Sea como fuere, Beatriz no sabe cómo empezar la carta la despedida. Además nunca ha escrito una carta. Ella solo sabe escribir correos electrónicos sin una ortografía y una sintaxis muy cuidadas. Ella no sabe a veces de qué le sirvió estudiar una carrera universitaria. Ella sufre porque ya no tiene claro si olvidarse de todo o despedirse en persona de la amiga que está muriendo.

Pasan las semanas y sigue sin empezar la carta. Una noche recibe una llamada de teléfono. Una voz del pasado le comunica que Patricia ha fallecido. Beatriz se queda varios días encerrada en casa. Cuando no llora, se dedica a comer todo tipo de dulces. Una mañana recibe la visita de su hermano, el policía que colecciona fotos de Primo de Rivera. El hombre está preocupado; lleva mucho tiempo sin saber de su hermana. Cuando entra en la casa vestido de uniforme, se encuentra en la cocina a un hombre desnudo que está mirando cómo se cuecen unos huevos en un cazo. Pide perdón al policía por no estar vestido y explica que está preparando el desayuno. Todo está en orden. Beatriz se encuentra en la ducha y está silbando.

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