La cajita

Raúl Farina era jugador de cartas, era un ardiente aficionado al vóley playa femenino y, cuando no le quedaba más remedio, era un perezoso pero correcto albañil. Tenía una mujer muy guapa y un mal día dejó de tenerla. La mujer, cansada de la desidia del marido, quedó encandilada de una pinga marroquí y allá que se fue con la nueva pinga y con su dueño, un melifluo y megalómano vendedor de motocicletas que soñaba con alzar una gran mezquita a las afueras de Móstoles y de convertir al Islam a Iker Casillas. Ésa fue la historia que llegó a mis oídos. Aún no he tenido tiempo de separar la verdad de la leyenda. Ni creo que haga falta, pues la verdad solo la creen los soñadores o los desesperados.

Tras la fuga de su mujer, Raúl se tomó el asunto con filosofía, pero la filosofía, sea cual sea, se te cae del cerebro hecha pedazos cuando tomas conciencia de que ser valiente no basta para disfrutar de una segunda oportunidad. De repente descubres que los sistemas de ideas no son más que estafas elaboradas por astutos señoritos para ocultar una estafa aún más calamitosa: la enfermedad o la victoria definitiva de la disfunción eréctil.

Raúl perdió la sangre fría, sintió el mordisco de la soledad y un domingo se tiró al vacío desde la terraza de su piso de Fuenlabrada. Pero solo se rompió una pierna. Casi aplasta a un chino que pasaba por allí. Se libró por muy poco, el chino. No así una apacible anciana que salía de misa. La mujer vio la caída del cuerpo y se desplomó al suelo tras sufrir un infarto. Nadie pudo hacer nada por ella. De alguna manera Raúl es responsable indirecto de esa muerte, pero también lo es un futbolista cuyo gol puede matar de emoción a un aficionado veterano y, sin embargo, nadie reclama la cárcel para ese jugador.  

Conocí a Raúl en el hospital. Yo había ido a despedirme de un amigo al que un sida glotón y desatado estaba limando de tobillos a patillas. Al poco tiempo de abandonar la habitación donde la muerte se preparaba para darse un estupendo banquete, un hombre que usaba muletas y que masticaba chicle de menta se cruzó conmigo en un pasillo y me preguntó si podía dejarle el libro que acarreaba mi mano izquierda. Dijo que se aburría y que estaba a punto de violar al capellán.

Examiné a aquel paciente y me agradó su mirada de fiera desnutrida. Era como verse la puñetera cara en un tuberculoso espejo de hotel.

No le presté el libro, sino que se lo regalé. Dejar libros es de imbéciles. Nadie te los devuelve. Advertí a aquel tipo que se trataba de una enjundiosa y relamida historia psicológica. Una de esas novelas en las que el autor se dedica analizar los pensamientos de tres o cuatro personajes durante más de doscientas páginas para llegar a la conclusión de que el ser humano es ambivalente y de que todos somos culpables e inocentes al mismo tiempo. Raúl me pidió mi número teléfono y yo se lo escribí en un trozo de papel higiénico.

Me telefoneó una semana después y me invitó a cenar a su casa. Vivía en un piso pequeño. Cuarenta metros cuadrados llenos de trastos y de muebles robados. Todo estaba cubierto de un polvillo hostigoso. Había cáscaras de pipa diseminadas por el suelo y en un rincón había una jaula y dentro de la jaula había un pájaro muerto. Raúl me aseguró que se había olvidado de incinerarlo. Le expliqué que a mí no tenía que darme explicaciones. Yo no era familiar de aquel pájaro.

Cenamos a base de embutidos y de cervezas tibias mientras veíamos en la televisión una película policiaca. En una escena un comisario sin principios le clava un tenedor a su amante. Raúl prorrumpió en carcajadas y dijo que aquello le parecía poco inspirador. Quizá él esperaba que el tenedor se hubiera hundido en la frente de la mujer y no en el muslo. Apagó la tele y me sirvió un whisky. Hablamos de idioteces varios minutos. Al final habló de lo que deseaba hablar.

Me contó todo lo que había pasado y me pidió que le diera mi opinión. Se la di. Le dije que matarse era una solución, pero también le dije que no estaba seguro de que la otra vida, si es que había otra, fuera un jardín de infancia. Me comentó que estaba básicamente de acuerdo. Se hizo tarde y me fui. Conduje bajo una luna maciza, la brisa del otoño ceñía mi garganta como una mano tierna y viciosa. Me sentí un ciudadano de primera.

Dos semanas después Farina volvió a llamarme. Quería verme con urgencia. Fui a su casa, cenamos, bebimos, pendejeamos, fumamos unos cigarros añejos, olimos nuestros pedos silenciosos y educados, nos rascamos las espaldas mutuamente, hicimos planes para comprarnos un chimpancé y para enseñarle a liar petas. Raúl parecía muy feliz. Me contó que había hecho un viaje que le había servido para recuperar la confianza en sí mismo. Le expresé mi alegría y él se emocionó. Dijo que me consideraba un hermano. Dijo que nunca más intentaría suicidarse. Dijo que yo era la única persona a la que iba a mostrar el verdadero motivo de su entusiasmo. Se levantó, entró en su cuarto y regresó al saloncito con una caja rectangular de cartón. Bonita caja. Ideal para esconder el chocolate.

–Toma. Ábrela y mira lo que hay dentro. Pero no tengas miedo.

Hice lo primero, y lo segundo, y lo tercero. Pero no pude evitar sentir miedo, mucho miedo. En el interior de la caja había un pene amojamado, muy oscuro, muy tostado, muy tristón. Era natural. Había sido cercenado sin previo aviso. A ninguna pinga le agrada ser arrancada de su hogar sin que se le conceda una explicación. Se me cayó aquella cosa de los dedos y me dirigí al baño. Lo que hice allí prefiero omitirlo. No fue necesario que Raúl me aclarara nada. Supe al instante que un hombre de nacionalidad marroquí había perdido su órgano más preciado porque otro hombre se lo había birlado de dos tajos.

Raúl Farina fue detenido dos días después. Su mujer había vencido el pánico y le había denunciado. Farina debe de estar ahora cumpliendo su cuarto año de condena. El malogrado marroquí no pudo salir con vida de la desgracia y acabó en un lugar muy desconocido donde ya no se precisa de ningún atributo. La cajita de cartón y lo que hay dentro de ella siguen sin aparecer.

He olvidado algún detalle, pero creo que es ya suficiente por hoy.

 

Anuncios

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión / Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión / Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión / Cambiar )

Google+ photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google+. Cerrar sesión / Cambiar )

Conectando a %s