Epaminondas

HE recibido un correo electrónico de Vahira. Vahira escribe (traduzco directamente del inglés): “Mis hijos quemaron ayer una bandera de Estados Unidos en el patio de mi casa. A uno de ellos casi se le incendia una mano. No me parece bien, pero algo tienen que hacer los pobres. Ya les conoces: son buenas personas, pero están rodeados de chicos que no toleran las bromas. Mi marido lleva una semana sin aparecer por casa. La policía le busca por sodomita. No es la primera vez. Si está muerto, me habrá hecho un gran favor. Yo sigo con mis clases. Tengo un alumno que me llama puta por leer periódicos británicos y franceses. ¿Para qué denunciarlo? No serviría de nada”.

         Vahira es profesora de literatura en la Universidad Americana de El Cairo. Vahira me enseñó las pocas nociones que sé de árabe y amenizó algunas horas de mi absurda estancia en Egipto. Nos conocimos en los jardines de la embajada española en ese país hace ya diez años. Debió de pensar que yo era el mayordomo de algún diplomático o el cocinero, pues me preguntó resueltamente si algún empleado de la embajada deseaba recibir lecciones de árabe clásico. Sus ojos inquisitivos y oscuros se abalanzaron sobre mí rostro con el furor de dos húsares ovalados y diminutos. Tartamudeé mientras estudiaba disimuladamente a aquella desconocida. Tez trigueña. Rostro huesudo. Cabello negro y corto. Flaca, amojamada, nerviosa. Vestía un traje de algodón gris magenta y se movía sin naturalidad, como si estuviera haciendo un cameo en un telefilme. Intentaba parecerse a una baronesa italiana de los años cincuenta. Me agradó.

Era la primera mujer egipcia que me miraba sin miedo y que parecía tener talento natural para el flirteo. Le dije que yo no era más que un aprendiz de aventurero interesado en poner en marcha un negocio de exportación de frutas y de legumbres entre Alejandría y Valencia. Le interesó mi grotesca e inverosímil historia y a mí me interesó su olor a cuero lejano, a independencia, a orgullo, a lencería desteñida y ociosa. Tras salir de la embajada, tomamos un empalagoso café en una pastelería de Ópera Square. Ella me miró con aire intrigado y burlón y me dijo que tenía aspecto de hombre depravado y lascivo. No me defendí. Pensé: “No merece la pena perder energías en negar la evidencia”.

Comenzamos las clases de árabe una semana después. Una hora y media al día. Un rincón de la pastelería de Ópera Square hacía las veces de aula. Todo fue bien hasta que la madrileña estación de Atocha fue descuartizada el 11 de marzo de 2004. Me enteré de la noticia en un locutorio atestado de alemanes que no dejaban de tirarse pedos. Cuando acudí a recibir mi clase de árabe, Vahira me preguntó qué extraordinario milagro me había hecho perder el miedo a llorar. Le conté lo sucedido y ella se quedó pensativa. Luego afirmó con frialdad de estadista: “Tu país se la estaba jugando”. Me enfurecí, le dije que ningún error geopolítico o moral justificaba aquella salvajada, cogí mi taza de café y amenacé con reventársela en su cabeza. Pero pensé: “Es una bonita cabeza y esta mujer es lo único que me seduce de este país. Ni las pirámides ni el maldito Nilo ni el jodido desierto”. No nos vimos durante una semana. Pensé que las lecciones de árabe no tardarían en adoptar el horario caótico de los recuerdos. Pero Vahira me telefoneó a mi nauseabundo hotel un domingo por la noche y me pidió unas discretas y moderadas disculpas. Reanudamos las clases y nos reconciliamos.

Vahira y yo terminamos formando una extraña pareja. Cuando paseábamos por el centro de la ciudad, algunas almas ociosas nos cubrían de procacidades y de amenazas. Una tarde la profesora no se presentó en la pastelería. Luego de esperar una hora, decidí regresar al hotel y hacer inventario de mis reservas de ron. Entonces un nubio de unos quince años se materializó ante mí y me entregó un sobre usado y manchado de ceniza. El sobre contenía una carta de Vahira. La carta hablaba de un marido celoso que había jurado matarme si volvía a ver a su mujer. Ni siquiera había besado a Vahira en la mejilla. Pero supuse que su marido era ese tipo de hombres que no permiten a su mujer ni siquiera un adulterio mental o imaginario. Al final de la carta había escrita una dirección de correo electrónico. Me propuse no enviar ningún mensaje a esa dirección, pero la curiosidad me ha evitado ser un absoluto gandul.

En su último correo electrónico Vahira también escribe: “¿Te acuerdas de Epaminondas, el loro griego que me regalaste? Hace unos días amaneció muerto. Me da pena tirarlo a la basura. No sé qué hacer con él. Últimamente era el único ser vivo que prestaba atención a mis comentarios. Espero que te encuentres mejor que Epaminondas”.

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