Adiós a las armas

ERNEST Hemingway preguntó una vez a Gary Cooper qué opinaba del suicidio. El actor sonrió cándidamente y dijo que tendría que suicidarse para poder dar una opinión medianamente rigurosa de un asunto tan insondable. El escritor echó un trago a su vaso de ron y efectuó el siguiente comentario:

         –Estoy pensando en escribir un relato que cuente la historia de tu suicidio. Espero que no te importe. Me gustaría mostrar el lado oscuro del ángel: cómo el santo del cine es de repente un ídolo caído, rebelde, blasfemo. Lo titularía: Solo ante el infierno.

         –Escribe lo que quieras, pero eso no me animará a quitarme la vida. No voy a hacer realidad tu ficción. Tengo unas creencias religiosas pero, sobre todo, tengo una reputación que mantener.

         John Hemingway, nieto del autor de El viejo y el mar, me contó este curioso diálogo en un café de Milán hace varios meses, pero no me reveló la fecha en que tuvo lugar. Aunque Hemingway y Cooper fueron muy buenos amigos, ambos mantuvieron encendidas y violentas discusiones. Cuando bebían juntos, sin ninguna compañía, solían acabar prometiéndose amor eterno o liándose a puñetazos como dos cowboys aviejados y melancólicos que no asumen la llegada del automóvil al Oeste. Sin embargo, horas después, casi al alba, se despedían como si hubieran nacido el mismo día y les uniera una inquebrantable fraternidad. Desprendían el olor grueso de los cazadores que acaban de abatir con bastantes problemas a un escurridizo rinoceronte.

Cuando anunciaron al escritor que la estrella de Hollywood había muerto, Hemingway llegó a la conclusión de que este mundo había perdido lo poco que le otorgaba la apariencia de paraíso. Dos meses después del fallecimiento de Cooper, el novelista se pegó un tiro. Cuentan algunos que lo último que oyó el maestro americano fue la sirena de un pesquero. No está claro que aquel trágico final fuera completamente intencionado. Hemingway padecía de alzhéimer y tenía el cerebro agusanado por el alcohol, por lo que es posible que pulsara el gatillo de la escopeta sin saber muy bien qué demonios estaba haciendo. Era julio de 1961 y Fidel Castro, amigo y admirador del escritor, compaginaba la lectura de Adiós a las armas con la firma de sentencias de muerte.

En otra ocasión, Hemingway narró a Cooper un sueño que había tenido mientras echaba una siesta en un hotel de La Habana. El escritor camina sudoroso por la sabana africana y de súbito se encuentra solo, rodeado por leones que menean la cola y que rugen con apatía, si es que es posible rugir con apatía. Un sol blanco le acuchilla los ojos y a lo lejos, como un espejismo, riela una taciturna acacia. Hemingway supervisa el tambor de su revólver y comprueba que sólo le queda una bala. Esa bala va directa a su cráneo. Cuando los leones se disponen a dar buena cuenta del cadáver, acaba la pesadilla y la noche habanera entra tibia y pegajosa en la habitación donde el fuerte sudor del escritor aturde a los mosquitos. Al oír este relato, Cooper se rió y le dijo a su amigo que se tomara un mojito y que se olvidara del asunto. Pero Hemingway insistió. Dijo que tenía miedo de sí mismo. Dijo que admiraba a los tipos que se encañonan con una pistola la propia sien y que juegan a desafiar al destino. El actor, menos risueño, le aconsejó que vendiera todas las armas que escondía en casa y que se fuera varios días a pescar a los cayos.

–Di adiós a tus armas, Ernest, y vivirás más tranquilo.

–Ni hablar. Esas escopetas han dormido conmigo en Kenia y me han salvado el pellejo varias veces. Morirán conmigo.

–Perfecto, pero procura no admirar tanto a esos idiotas que juegan a la ruleta rusa. No pienso ir a tu entierro.

–Tranquilo, querido bastardo. No tendrás que venir.

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