Interference (2017)

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Shoah

ALGUNOS soldados de las Waffen-SS encargados de custodiar los campos de exterminio cogían por los tobillos a los bebés judíos recién bajados de los trenes de la muerte y, tras agitarlos como saleros en el fúnebre aire polaco, les reventaban la cabeza contra una tapia con el fin de ejercitar la crueldad y, de paso, aniquilar mental y espiritualmente a los hebreos que caminaban hacia su espantoso destino. ¿Quién puede mantener la cordura y el coraje ante algo tan demoniaco? Entretanto, los verdugos y sus camaradas prorrumpían en carcajadas y se ufanaban de su salvajismo mientras incitaban a los perros guardianes a acosar, a ladrar y a morder a las víctimas petrificadas por el horror. Esto lo cuenta con excelente rigor y precisión el gran periodista y escritor soviético Vasili Grossman en sus crónicas sobre Treblinka. Grossman sí retrató un infierno de verdad y no Dante, ese enorme poeta pero también, según Federico Nietzsche, esa “hiena que versifica entre las tumbas”.

En Shoah (1985) –la película documental de diez horas sobre el Holocausto–, uno de los supervivientes del Holocausto cuenta al admirable Claude Lanzmann, director del filme, cómo algunos niños judíos morían aplastados en el interior de las cámaras de gas porque sus padres, más fuertes y más altos, se afanaban en alcanzar el techo del barracón en busca de una migaja de oxígeno. Y para ello necesitaban utilizar de peldaño el tierno cráneo de un chiquillo. El ser humano no tiene tiempo de apiadarse ni siquiera de sus propios hijos cuando ya ha sido hecha pedazos su dignidad mediante la tortura y el sadismo de un Estado totalitario. Shoah es una inmensa fuente de detalles escalofriantes y aterradores. Pero solo quien se interesa por conocer esos detalles y trata de visualizarlos en su imaginación es capaz de hacerse una ligera idea de lo que realmente supuso el nazismo y de lo que es un auténtico nazi.

Vi Shoah por primera vez en el Círculo de Bellas Artes con motivo del vigésimo quinto aniversario de su estreno. Cuando concluyó la larga y catártica proyección, salí del cine con la impresión de llevar millones de muertos dentro de mí, como si más que un hombre yo fuera un país cargado de aullidos y llantos. Ha sido una de las pocas veces en que he experimentado con enorme lucidez la sensación de que el yo es múltiple y diverso. Al mismo tiempo, un sentimiento de culpa fue abriéndose paso a través de todas las emociones que me embargaban. Descubrí que me sentía culpable por todas las veces que había lanzado contra alguien el calificativo de nazi sin ningún rigor y sin ninguna base histórica.

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Un fotograma de Shoah (1985), documental dirigido por Claude Lanzmann.

En nuestras sociedades proliferan los grupos antifascistas. Es necesario y laudable, desde luego, que la gente esté alerta y que se denuncie cualquier fenómeno o iniciativa política que pueda propiciar una institucionalización y normalización del racismo y de la xenofobia. Ahora bien, algunos colectivos de dudosa y mostrenca ideología se amparan en el hermoso disfraz del antifascismo para comprar su impunidad y, de ese modo, linchar y desprestigiar placenteramente a todo ciudadano inocente y corriente que no sea de su agrado o de su cuerda. Digamos que siempre ha habido y habrá un fingido antifascismo que se expresa en un tono fascista y violento con el fin de imponer un pensamiento único, si es que puede denominarse pensamiento a lo que es básicamente el canto de guerra de una tribu pagada de sí misma. Un ejemplo reciente de esa actitud lo constituye el caso de Roman Zozulya, un futbolista ucraniano que no podrá jugar en el Rayo Vallecano porque varias peñas de ese equipo, tras tacharle de nazi, le han vetado y han logrado que la asustadiza directiva de ese club haya accedido a aplicar tamaño veto.

Zozulya es simplemente un devoto del nacionalismo ucraniano, pero nada ha hecho en su vida para que merezca cargar con el rótulo de nazi. Personalmente siento antipatía hacia cualquier forma de nacionalismo. No obstante, ¿a estas alturas hace falta recordar que, si bien todo nazi es nacionalista, no todo nacionalista es nazi? Parece obvio que a los hinchas radicales del Rayo, como a otras sectas ultras que encanallan el fútbol y las calles, les interesa poco el conocimiento de la realidad, de sus matices y de los datos concretos y cotejables. Si Zozulya fuera realmente un nazi, casi ninguno de esos antifascistas de salón o de graderío se hubiera atrevido a toserle. Es solo una corazonada, claro. Pero dime de qué presumes y te diré de qué careces. ¿Cuántos de estos supuestos cazadores de nazis, de haber vivido en la Alemania de Hitler y de Himmler, se habrían puesto del lado de los judíos y de los gitanos que fueron conducidos a una muerte espantosa? Mejor no hacerse preguntas tan incómodas y tan retorcidas.

Una última observación: he escuchado los chistes antisemitas más salvajes y crueles sobre la Shoah en ambientes donde se presumía radicalmente de cultivar un total antifascismo. Quiero pensar que algunos de esos antifascistas tuvieron simplemente un mal día.