Demasiada realidad

¿Cuál ha sido hasta el momento la mayor recompensa de Pedro Sánchez por su no a Mariano Rajoy? Una palmada en la espalda por parte de la extrema izquierda y del independentismo. Y ése es todo el homenaje que el actual líder socialista va a recibir de quienes, meses antes, le impidieron ser presidente del Gobierno argumentando que el pacto del PSOE con Ciudadanos constituía un apaño deleznable que solo serviría para perpetuar las políticas neoliberales en España. Podemos y los nacionalistas periféricos solo respetan al PSOE cuando el PSOE se pierde el respeto a sí mismo y se deja arrastrar a la barricada. La barricada es el lugar natural de los Iglesias, de los Rufián, de los Tardà, pero no es el enclave natural de Pedro Sánchez, un guapo con nervios y sensibilidad de mirlo que ahora se afana por parecer un recio y gélido bandolero enfrentado a casi todos sus compatriotas. ¿Cuánto aguantará Sánchez este calvario? ¿Podrán los antidepresivos sostener a este galán de ojos vidriosos y atormentados cuyo espíritu está ennegrecido de frustración y de desesperada revancha?

Sánchez no termina de asumir que una gran mayoría de españoles no le quiere. Por eso no se va. Pero tampoco se queda del todo. Digamos que está al borde del colapso. Digamos que él mismo es una alegoría del colapso. En fin, que este desdichado caballero es un catálogo de confusiones y de tormentos. Lo peor de todo es que está confundiendo y volviendo tarumba a todo el que le presta una oreja. No obstante, hay que ser indulgente con él. Es difícil ser autocrítico y realista cuando la naturaleza te ha dado un físico tan espléndido y rotundo. Sánchez podría madurar y ser menos infeliz si algún día se percatase de que no es tan importante ser primer ministro: actualmente los presidentes del Gobierno son como buques averiados en el mar turbio del capitalismo y del sentimiento anticapitalista que financia el propio capitalismo. Lo importante, si hacemos caso a los antiguos, es tener un poco de dignidad y no mendigar cariño a un pueblo que apenas te quiere. Pero explícale esto a un señor que dedica más tiempo a parecer que a ser.

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La enana doña Mercedes, de Ignacio Zuloaga.

También hay una gran mayoría de españoles que no desea a Rajoy ni a su camarilla. Eso no es nada nuevo, pues ya se sabía desde hace mucho tiempo. El gran problema es que actualmente hay no pocos electores que, pese a no tragar al compostelano, le han votado. Y es muy posible que le sigan votando si Rajoy vuelve a ser cabeza de lista del PP. Dicen que el pueblo nunca se equivoca. Mejor no tocar ese asunto. Mariano Rajoy, orador más que notable cuando se levanta con sentido del humor y pésimo gobernante de lunes a domingo, proseguirá ganando elecciones generales mientras el PSOE no intente reconquistar el centro político y mientras no deje de amedrentarse ante las amenazas y desafíos de Podemos. Pero todo eso es teoría.

Lo cierto es que el desorden mental de muchas cabezas no deja de incrementarse día tras día, por lo que en España puede suceder cualquier cosa. Conozco a antiguos votantes del PP que me han confesado que desean que Podemos llegue a La Moncloa para que el mundo reviente. El fracaso laboral y los sueños rotos conducen a estos delirios. También conozco a personas que me han revelado que no creen en Podemos pero que afirman en público ser simpatizantes de Podemos para no quedarse sin vida social y sin amigos. Las crisis sociales y políticas pasan factura. Uno sale de ellas más loco, más amargado, más pesimista, más radical, más hipócrita, más indigno. Como decía el poeta T. S. Eliot, el ser humano no puede soportar demasiada realidad. Lo único que parece seguro es que bastantes parlamentarios, bajo la tutela de Gabriel Rufián y de Xavi Domènech, terminarán de destrozar la lengua castellana en la Cámara Baja. Rufián presumía hace unos días de ser bilingüe. Esperemos que su catalán sea mejor que su español. De lo contrario, si Cataluña logra su independencia y los tercos apóstoles del monolingüismo ganan la batalla, a este charnego lo pueden mandar a Andalucía de embajador cultural para que no contamine las esencias fonéticas del catalán. Nada es imposible en un país que, como pontificaba Bismarck, lleva siglos intentando destruirse a sí mismo. Quizá ya se haya destruido de modo casi definitivo y no nos atrevamos a reconocerlo.

Si yo fuera un dinosaurio…

HAY gatos que me miran como reyes

Hay noches que se asustan de sí mismas

Hay calles que se odian demasiado

Hay hombres que solo devoran espejos

Y espejos que se toman calmantes

Y a pesar del caos del mundo

Los camellos siguen muy tranquilos

Y los desiertos parecen igual de pobres y de felices

Os lo digo en serio

Si yo fuera un dinosaurio me comería

A varios profetas y te regalaría sus huesos

Para que pintases el retrato de arcaicos besos

 

Debes saber no obstante que el amor

Ya solo vive en hospitales

Pero nadie quiere hablar de eso

Y nadie quiere hablar del teléfono de muerte

Que llevan las gaviotas dentro de su alma

Porque los periódicos son simples desodorantes

Para que nuestra mente huela a pacifismo sueco

Y el mar está cansado pero quiere morir trabajando

Y Rusia sigue siendo peligrosa pero

Qué trivial sería la nieve y qué tedioso

El himno del vodka sin los eructos de esa bella loca

 

Por qué mis ojos ya solo caminan hacia atrás?

Por qué tu saliva sabe a vino anterior a Cristo?

Hay gatos que oyen a fantasmas hablar de gatos

Hay muertos que echan de menos el cine X

Hay ciudades que se suicidan con mucho sigilo

A pesar del mundo

El mundo es leal a las bicicletas

Y es leal a los sentimientos de bajo coste

Qué pasará cuando incluso el infierno

Prohíba el tabaco y no fume ningún ángel de puta?

Qué pasará cuando las palabras se arranquen el corazón

Y se lo coman a la sombra de los últimos rascacielos?

Os lo digo en serio

Si yo fuera un dinosaurio lloraría y lloraría

Hasta que algún dios muriera ahogado

Pero yo solo sé abrirme abismos en

El hotel de mi pereza para contemplar

Desde ellos los pergaminos de tus músculos y de tus árboles.

 

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IDYLL, Frederic Leighton.

 

Micenas 2016

AQUÍ, en Micenas, las piedras sudan y braman como héroes

sedientos de guerra, de vino y de elocuente gloria.

Aquí, en Micenas, los pájaros planean y meditan como rocas

lanzadas al cielo por cíclopes sin oficio ni capataz.

Aquí, en Micenas, la soledad es un aliento de huesos feroces

que inflama la soberbia de pinos y colinas y nubes.

Aquí, en Micenas, los insectos parecen sonar a espadas oxidadas

que suspirasen desde el Hades por la gimnasia de otra batalla.

 

Nunca vi mis manos tan cargadas y furiosas de luz,

tan distintas de las manos pantanosas con que

suelo acariciar las arrugas de mi presente.

Nunca pensé que mi piel podría soportar

el peso de tantos siglos y de tantos muertos.

Cómo saber si esos olivos que olfatean este aire

no son dioses que me piden una mirada de respeto.

Cómo soportar el ardor de esta plenitud

sin perder la fe en los nombres que me dieron.

Qué mañana tan perfecta y tan temible.

Qué mañana tan poco propicia

para promover sensatez y cordura.

 

Aquí, sobre Micenas, flota un sol que no nació para

alumbrar, sino para mezclar la vida con la muerte,

la infamia con el honor, la cobardía con el coraje.

Aquí, en Micenas, el sol diluye las mentes en el resplandor

de una sola mente, de una sola, única y gran demencia.

Aquí, en Micenas, creo haber encontrado la tumba

en que he yacido y soñado millones de veces.

Aquí, en Micenas, me burlo de mi vida y de mi muerte,

pues nada son comparadas con esta luz y estas piedras.

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Mis amigos musulmanes

YO era por entonces un hombre a medio hacer o era un hombre demasiado hecho pero sin desbastar, lo cual viene a ser lo mismo. Me quedaban algunos años de juventud y era consciente de que algunas personas de buena voluntad aún confiaban en que brotase dentro mí algún entusiasmo por la vida, pero a mí no me poseía ningún entusiasmo por nada. O si dentro de mí aleteaba algo parecido al entusiasmo era por ámbitos, personajes y ambientes que no estaban socialmente bien vistos, a saber: los trasnochadores chupados por el insomnio y por la soledad, el hermoso nihilismo que dimanaba de determinadas bailarinas rusas, el mezcal de un tugurio de Malasaña y Malcolm Lowry, con cuyo espectro solía dialogar al alba ante el Templo de Debod. Fue durante uno de esos amaneceres donde decidí que debía probar suerte en otro manicomio mundano que no fuera el madrileño. Merced a unos conocidos de unos conocidos cuyas conexiones no viene al caso comentar en este escrito, me instalé en un barrio destartalado y mítico de El Cairo, Bab El–Shaaria, cerca de donde había nacido el nobel Naguib Mahfuz y no menos cerca de donde Omar Sharif perdió la virginidad. Al menos eso pregonan algunos de los cairotas más fantasiosos y mitómanos. Un lugar maravilloso donde los gatos más corteses y ágiles de la Tierra se encargaban de liquidar a los roedores que merodeaban cerca de mi canijo y desolado apartamento.

Era enero de 2004 y el mundo ya había perdido bastante sentido del humor por culpa de esa carcoma de pusilanimidad e hipocresía denominada corrección política. ¿Por qué me había decantado por Egipto? Sospecho que por el antioccidentalismo que me contaminaba el cerebro por aquellos días. Pensé que allí podría consolidar y pulir mi pueril resentimiento hacia Europa. Hay una etapa en la vida de algunos europeos con presunciones intelectuales que se caracteriza por responsabilizar al mundo democrático de todos los problemas del planeta y por idealizar todo lo que huela a medina, a chilaba o a pañuelo palestino. A algunos esa etapa les dura toda la vida, aunque no sean capaces de hacer verdadera amistad con un magrebí ni hagan el más mínimo esfuerzo por aprender el árabe, una de las lenguas más bellas del mundo. En El Cairo, espoleado por unos tenderos que sobrevaloraron mis escasos ahorros y mi torturada inteligencia, decidí poner en marcha un negocio de exportaciones de productos agrícolas. No pienso extenderme en mis tentativas para transformarme en un hombre de negocios. Tras innumerables gestiones e ímprobas conversaciones con algunos comerciantes del país, fracasé estrepitosamente, como casi siempre. Y, tras ser consciente de mi fracaso, busqué un lugar donde encajar y beberme mi frustración. Ese lugar fue un bar de copas de Guiza, cerca de las famosas pirámides y de la arena del desierto, que semeja la piel de la eternidad. En aquel local, a partir de la medianoche, se refugiaban audaces y lascivos musulmanes y turistas europeos que codiciaban el beso tórrido del whisky escocés y la compañía ambigua de escultóricas sudanesas protegidas por chulos de bofetada fácil.

En ese recinto sumido en una semioscuridad rojiza y malva conocí a Alí, empresario inmobiliario en declive, y a Sikina, zapatero de prestigio a despecho del emblema decadente de su dentadura devastada. Chapurreaban inglés y otros idiomas y a veces los mezclaban y los yuxtaponían sin importarles su profanación reiterada de las diferentes gramáticas. Cuando me vieron acodado en la barra, rumiando mi misantropía, pensaron que yo tenía una historia interesante que contar y así me lo comunicaron. Les conté mi historia y ellos me preguntaron qué satisfacción encontraba en apalear mi hígado y en buscar mi propia devastación. Les dije que me estaba preparando para volarme la tapa de los sesos. Los dos egipcios estallaron en una carcajada y me calificaron de extravagante humorista. No les quise contradecir y bebimos hasta el amanecer mientras algunos clientes, padres de familia descontentos con la escasez de rameras, se enzarzaban en ruidosas y torpes pendencias que concluían entre vómitos, llantos y alabanzas a Alá. Después cogimos un taxi y pusimos rumbo a El Cairo. Al atravesar el puente Abbas, la visión del Nilo, musculoso, seguro de su bello poder y candente de destellos dorados bajo las primeras luces del día, me hizo recordar aquellos versos de T. S. Eliot: Yo no sé mucho de dioses, pero creo que el río / es un fuerte dios pardo –huraño, sin domar, intratable… El taxi nos dejó frente a un restaurante de la gigantesca avenida Ramsés, donde degustamos un delicioso kushari (el clásico potaje egipcio hecho a base de arroz, pasta y lentejas). Sikina y Alí, borrachos y hambrientos y emocionados, prometieron ayudarme a encontrar mi destino. Ahí empezó nuestra breve amistad.

Pocos días después, ambos me presentaron a sus respectivas familias y a sus muchos amigos y conocidos. Sikina tenía siete hijas muy jóvenes a las que solía propinar certeras collejas para demostrarles quien mandaba en la casa. Las siete muchachas siempre llevaban hiyab, velo que cubre el cuello y el cabello pero que deja visible el rostro. Sikina era viudo, explotaba laboralmente a cuatro mozos en su boyante zapatería y confiaba en ver la destrucción del estado de Israel antes de morir. Por lo demás era un buen tipo: lloraba cuando veía a un niño pidiendo limosna y le colmaba de besos y de dulces.

Una noche, al mes de conocernos, Sikina me ofreció casarme con su hija mayor si yo me convertía al Islam. Miré de reojo a Vahira, que así se llamaba aquella señorita. Pocos más de 22 años, seca de carnes, unos mechones de fosco pelo negro flotando sobre la impasible muralla de su frente y una piel tirante y olivácea alumbrada por unos grandes ojos oscuros y trágicos que auguraban una larga vida de partos y de odios silenciosos. Era hermosa y escueta como un sable envuelto en tules y olía a cuero repujado, pero parecía una melancólica y resignada esclava, inclinada sobre una pila de arcilla espumeante y abarrotada de platos sucios y grasientos sobre la que resbalaban algunas babas cobrizas del ocaso cairota. Me sentí un miserable y decadente viajero al que unos traficantes de personas le están ofreciendo su mejor mercancía. Aparté los ojos de ella y declaré a Sikina que no tenía dinero para mantener a una mujer tan excepcional y agregué que su hija merecía a un hombre responsable y bondadoso. Sikina me asió de un hombro y me propuso trabajar para él. Luego, tras beber un poco de cerveza, añadió en inglés: “Yo te enseñaré el oficio de zapatero. No eres más tonto que la gente de este barrio. Y eres el europeo menos engreído que he conocido. Además necesitas una mujer para que tu rostro se vuelva alegre”. Alí, que se hallaba presente, me instó a aceptar la oferta de Sikina. Alí eructó con discreción y me dijo con sorna: “Estás a punto de hacerte homosexual y yo no quiero homosexuales a mi lado”. Volví los ojos a Vahira, que en ese momento estaba de espaldas a nosotros. De pronto ella se giró y me observó con una remota tristeza, como si el pasado de toda una raza me estuviera juzgando. Vahira solo hablaba árabe, pero parecía entender todo. Me bebí la cerveza y abrí otra para ocultar mi turbación. En casa de Sikina siempre había cerveza. Por fin dije:

–Eres muy generoso, Sikina. Y es un honor que me ofrezcas la mano de tu hija, que es una diosa, pero necesito tiempo para pensarlo. Por otra parte, hacerse musulmán es cosa seria y no me gusta la seriedad. Por eso no me entusiasman las religiones.

Sikina me sonrió, me rogó que no desafiara a Alá y me dio un beso en la frente como si yo fuera su hijo.

Casi un mes después se produjeron en Madrid los atentados del 11–M. Yo me hallaba en Alejandría tratando de descubrir en sus calles algún vestigio de la ciudad imaginada por Lawrence Durrell en su Cuarteto de Alejandría. Me enteré de las dantescas noticias en un cibercafé al leer la versión digital de los rotativos españoles. Sentí cómo acababa de golpe mi juventud e intuí que el destino de España volvería a ser negro y cainita. Por primera y única vez en mi vida sentí apego por mi patria y por sus habitantes. Salí a la calle y me dirigí al paseo marítimo. El mediterráneo resplandecía y verdeaba complacido y feliz, como si hubiese sido charolado por el viento y por el sol alejandrinos. El balanceo festivo y sensual de las arrogantes palmeras me resultó insultante e inapropiado. Algunas personas se acercaron a mí para preguntarme por qué lloraba. Les dije lo que había pasado en Madrid y ellas me miraron con extrañeza y engorro. ¿Acaso les había defraudado la razón de mi desazón? Quizá ellos esperaban algo más grave.

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Vista de las mezquitas históricas de El Cairo.

Una semana después me reuní con Alí y Sikina en casa de este último. Cenamos, bebimos cerveza. Sonaba una radio antigua aupada a un armario gordinflón lleno de zapatos con las suelas recién encoladas. Ni Vahira ni sus hermanas estaban presentes. Alí y Sikina notaron mi taciturnidad y me obligaron a que les aclarara el motivo de mi aflicción. Me negué, ellos insistieron. Les mencioné los atentados de Madrid y maldije a todos los yihadistas del globo terráqueo. Sikina y Alí se miraron con indiferencia y me aconsejaron que me olvidara, pues ya nada podía hacerse y Alá se encargaría de acoger en su seno a los muertos de aquel ataque que hubiesen sido justos durante su vida.

–Yo podría haber muerto –les espeté con frialdad–. Soy usuario de la estación donde ha estallado una de las bombas.

–Todos podemos morir –me respondió Sikina. –La culpa de todo lo que ha pasado la tiene tu gobierno. Si no hubierais apoyado a Estados Unidos en Irak, esto no habría sucedido. El mundo árabe tiene que defenderse.

–No me gusta que se mate a gente inocente –apuntó Alí–, pero todos los días muere gente inocente en Palestina y el mundo no hace nada. No le va a pasar nada a tu país porque tenga un mal día.

–Esperaba esa respuesta, Alí, pero también esperaba una muestra de apoyo por vuestra parte –respondí.

–Pero si a ti no te ha pasado nada –intervino Sikina.

–Han matado a compatriotas míos –dije con un deje de irritación en mi voz.

–También matan a gente de nuestra raza a diario los fucking jews y no estamos llorando a cada momento –arguyó Sikina elevando el volumen de su voz y aumentando la vehemencia de sus ademanes.

–Además, tienes que reconocer que los musulmanes son maltratados en España, un país que también les pertenece. Acuérdate de Al–Andalus –razonó Alí arrugando el entrecejo.

–Mi país no maltrata a los musulmanes. En España puede construir una mezquita cualquier musulmán con dinero –contesté con furia. –Lo que no van a hacer las autoridades españolas es regalar el país a unos terroristas islámicos para que estos impongan su mierda de sistema.

–Ahora hablas como un amigo de los judíos y de los Estados Unidos –afirmó Sikina con una mezcla de tristeza y enojo. –Al final todos los europeos sois unos imperialistas. Es una pena. Supongo que no tenéis remedio.

–¿Imperialistas? ¿Me ves con cara de imperialista? Yo soy un fucking loser. Solo digo que estoy jodido por la muerte de mis paisanos. Si no puedo sentir pena de eso delante de vosotros, que os den por culo. Y, además, ya empiezo a hartarme de esa manía vuestra por los judíos.

–No te pongas violento, hombre –exclamó Sikina–. Nosotros somos gente de paz. Somos musulmanes y condenamos el asesinato, pero tampoco podemos dejar que nos tomen por idiotas.

–Eres gente de paz, pero bien que te gusta sacudir a tus hijas –comenté mirándole fijamente a los ojos.

–Eso no es asunto tuyo –rugió Sikina agitando un puño. –Yo soy su padre y tengo que educarlas. Ningún extranjero me va a decir cómo tengo que tratar a mi familia.

–No hay duda de que eres un buen musulmán –manifesté con ira.

–Por fin conocemos tu verdadera cara: ahora sabemos que también odias nuestra religión –farfulló el zapatero.

–No odio lo que no me interesa, y tu religión me importa una mierda.

Si no hubiese sido por Alí, que se reveló repentinamente como alguien mundano y conciliador, Sikina y yo habríamos llegado a las manos. Finalmente hicimos las paces y seguimos bebiendo cerveza mientras tratábamos de atemperar el ambiente haciendo bromas ridículas. Pero nada volvió a ser igual entre nosotros.

Pasó el tiempo. Mi cerebro, de por sí confundido, se llenó de más dudas. Sin embargo, una noche, tumbado en el camastro de mi apartamento cairota, rodeado de amistosos gatos, leyendo La broma de Milan Kundera, sentí nostalgia de las discotecas de Europa y de las mujeres con minifalda y de los gays que se besan libremente en la calle y de las películas eróticas y de las personas que entran solas en un bar repugnante de Madrid y que se toman un gin tonic y que no sienten avergonzadas por ello. Antes de dejar Egipto para volver a España, me acerqué a la zapatería de Sikina para anunciarle mi marcha. Nos fundimos en un abrazo y nos miramos con triste resignación, sabiendo que no volveríamos a vernos y que el destino nos había situado en mundos opuestos. Alí me acompañó al aeropuerto, me dio un abrazo y me dijo: “Que Alá te proteja”.

Cuando algunas personas me piden que les relate alguna anécdota sobre mis ya lejanos y remotos tiempos en Egipto y yo les cuento alguna, son pocos los oyentes que no me acusan de fantasma o de embustero o incluso de islamófobo. Pero no me preocupa. Yo sé perfectamente lo que he vivido y sé que prefiero describir honradamente mi vida a ser devoto de una ideología que reglamenta y jerarquiza el mundo sin conocerlo realmente. Y también sé que algunas de las mejores personas que he conocido en mi vida eran musulmanes, musulmanes que eran magníficas personas a pesar de su religión. Desde hace tiempo creo que la civilización es más una cuestión de buenos modales que de convicciones profundas y sagradas. Pero puedo estar equivocado…

Estirpe de memos

SI algo aprendí durante los años que ejercí de periodista político, es que el periodismo y la política son ámbitos en los cuales no resulta indispensable ser demasiado inteligente ni demasiado cultivado para saborear algún tipo de éxito. Basta con enrolarse en alguna secta influyente y adinerada, obedecer al amo de turno y confiar en que a uno le toquen buenas cartas o en que suene la flauta para verse de repente elevado al rango de líder de opinión o de jefe de tribu. Es muy difícil ser un inútil íntegro y convertirse en piloto de avión. Es muy complicado ser un inepto recalcitrante y llegar a ser un cirujano medianamente solvente. Sin embargo, es posible ser un vivaz mediocre y llegar a ser un parlamentario de moda o un bocazas vociferante de tertulia televisiva. Quienes se expresan con cierta soltura y destreza en un periódico o en una radio dan la impresión de no ser muy tontos. No hace falta añadir que mis discutibles puntos de vista no contradicen la existencia de magníficos informadores y cronistas, que los hay, ni tampoco descarta la posibilidad, aunque sea remota, de que veamos algún día en España a políticos realmente eficaces y dotados ocupando los despachos más poderosos.

De momento, hay que vérselas con una tropa de memos mediáticos que se creen inmaculados y ejemplares porque no se van de putas como David de Gea o porque están encantados de pagar muchos impuestos. Curioso placer ése de experimentar orgasmos cuando el Estado te saquea el bolsillo. Un paradigma de esa estirpe de memos relamidos lo constituye el inigualable Alberto Garzón, el jefecito de IU. Las encuestas le señalan como el político más valorado del reino. Tiene fama de buena persona. Algo de verdad tiene que haber en esa cantinela. No obstante, en España suele confundirse la bondad con la cursilería y con la retórica del que llora por el sufrimiento de toda la humanidad mientras conspira e intriga para tener un escaño o un empleo público de por vida. Garzón, que frisa en los 30 tacos, hace comentarios que denotan una edad metal de 15 años. Quizá por eso sea el más valorado por una ciudadanía aquejada del síndrome de Peter Pan. Gaspar Llamazares puede estar feliz. Garzón le hace parecer un genio.

Si algo nos ha enseñado la historia, entre otras bromas pesadas y crueles, es que erigirse en personaje histórico no es tanto cuestión de talento como de azar. La popularidad de la terca y obtusa Ada Colau, la misma existencia de un espécimen como Monedero o el hecho de que un vago proverbial como Rajoy, capo de una factoría de rapiñadores y mafiosos, gobierne España son nítidos indicadores de que la historia no tiene leyes. Lo único seguro es que el futuro pertenece a los manipuladores disfrazados de redentores y de activistas. El marxismo refuta el indeterminismo, pero el marxismo es la gran religión que se ideó para los ateos que creen que el tedioso reino de la igualdad absoluta acabará implantándose tras siglos de orgía dialéctica, esa paparrucha conceptual de unos alemanes pedantes que estaban ávidos de explicarlo todo. En realidad la historia avanza como una caprichosa fiera que despedaza ilusiones y utopías sin seguir un orden ni un método. Y a los individuos solo nos cabe sortear los dramas y las tragedias tratando de no perder demasiado litros de dignidad. Ciertamente el ser humano es libre y puede tomar decisiones, pero pocas veces sucede lo que habíamos planeado. Hay mucha gente que se prepara durante mucho tiempo para ser el mejor en su ámbito y termina, a sus 40 o 50 años, frustrado por no haber sido el número uno de su sector y devanándose los sesos con el fin de comprender cómo ha sido posible que el vecino, que parecía un imbécil, haya sido elegido alcalde o designado ministro.

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Echar la culpa al liberalismo de nuestros fracasos vitales y profesionales, así como entregar la conciencia a un partido político que hace mamadas a nuestro ego resentido, puede consolarnos durante unos años, pero, andado el tiempo, volveremos a caer en la decepción. Y, tal vez, si atesoramos un mínimo de honradez intelectual y nos da un ataque de madurez, estaremos abocados a reconocer que nuestra vida, como la de los demás, es demasiado misteriosa y compleja para poder ser explicada totalmente o para ser reparada y redimida súbitamente por una ideología milagro.

“La política no resuelve los grandes problemas de la vida. Es mejor tomársela con serenidad. Por eso la política no debe intentar transformar a las personas, sino que debe ayudarlas a convivir”, dijo Octavio Paz en TVE al poco de instaurarse la democracia en España. Si Octavio Paz viviera todavía, le tildarían de liberal repugnante. Desde hace ya algunos años, en algunos círculos de opinión y adoctrinamiento, se considera perversa e incluso de fascista a una persona que se confiesa liberal. No me parece muy riguroso, pero es de anormales pedir rigor a quienes dividen el mundo entre los que ayudan a Robin Hood y quienes le combaten. Como tampoco me parece riguroso que se catalogue al PP de partido liberal. Diga lo que diga el petrificado y cínico Rajoy en campaña electoral, el PP es una trituradora de emprendedores, una amenaza para los autónomos y pequeños propietarios, y una bendición para las grandes corporaciones y para los arquitectos de oligopolios y monopolios. Podemos no lo haría de modo muy distinto al PP, pero su mandato estaría aderezado con una retórica de Jedi comunista homomatriarcal y anticompresas.

Algunos pensamos que la mejor política es la que intenta mitigar y atenuar las muchas putadas de la vida. La política que presume de que podrá acabar con todo mal e injusticia del planeta suele acabar con la vida, que es aventura, libertad y riesgo. Si los cobardes y los memos quieren vivir en la sectaria tranquilidad de sus jaulas, que se metan en ellas y que maldigan desde ahí a los malos. Otros preferimos vivir en la diversidad de la jungla. No para ser depredadores ni para destruir a los demás, sino para ayudarles a civilizar y a humanizar la selva a la que hemos sido arrojados por los dioses o por el azar.

Resaca en Lisboa

HABÍA acabado mi café irlandés y tenía la impresión de que mi sonrisa era ridícula e inútil. Lisboa sonaba como un violonchelo recién sacado de un mar alegre y liberal. La tarde era un purgatorio de palomas, una estación donde el vino, el bacalao y el tiempo reflexionaban como soldaditos de plomo. El cristal de un tranvía relataba una guerra de gaviotas mientras el río desfilaba bajo el navío del sol. Una mujer se miró en el espejo de su fatiga o de su miedo y se perdió en el abismo de una iglesia donde los muertos invitaban a los vivos a escuchar el monólogo de piedra de su falsa eternidad.

Había acabado mi café irlandés y volví a tener la impresión de que mi sonrisa era ridícula e inútil y, sin embargo, sonreí con más empeño porque intuí que mi sonrisa era lo único que me hacía parecer un hombre de mundo. Pagué, abandoné la terraza y seguí a un enano que vendía heroína de poca calidad por los alrededores de la Rúa Augusta. Aquel enano masticaba chicle, silbaba con fe y entusiasmo y lanzaba piropos a los perros que mantenían animados coloquios en las aceras. Un viejo coche se quejaba ante un semáforo en rojo y sentí lástima de su motor enfermo y del flaco fantasma que lo conducía. El coche se puso en marcha pero no dejó de difundir lamentos. Luego me sentí estúpido porque me topé con un hermoso travesti y no supe qué piropo adjudicarle. Entonces recordé mis tiempos de transformista y derramé una lágrima bastante gorda por aquellos días tan aleccionadores y ajetreados en que me paseaba por Alcorcón vestido de corista. Creo que la lágrima cayó sobre una paloma que se echaba una siesta o que estaba ingresando en una delicada muerte, pero no puedo asegurarlo porque en aquel momento estaba tratando de recordar y de recitar un verso de Rimbaud: Par delicateux j’ai perdu ma vie.

Alguien gritó. Alguien dijo que había un valiente hijo de puta por ahí cerca. ¿Y cuándo no lo hay?, me pregunté. Resulta que el pequeño traficante de heroína había echado a correr porque un policía deseaba acabar con su negocio, con sus silbidos y con su fe. Frente a una tienda de lencería había un hombre que se sacaba un modesto moco de la nariz con suma delicadeza, como si su nariz estuviera hecha de porcelana. Aquel sujeto me pareció un serio artesano. Me acerqué a él y le felicité por tratar con tanto cariño su nariz. No me entendió, pues se lo dije en un mal alemán. Por aquellos días yo estudiaba alemán…

Seguí avanzando como un pequeño elefante sudanés y un guitarrista ambulante me confesó que se había hecho circuncidar recientemente para seducir a una moza israelí que tocaba la viola en una famosa orquesta de cámara portuguesa. Tuve envidia de aquel guitarrista. Tuve envidia de su locura, de su mal olor y de su mirada festiva. Entonces la tarde suspiró y escribió sobre el aire de la ciudad varios poemas que hablaban de hombres cansados cuyos calzoncillos tristes y agotados resumían perfectamente la decadencia de Europa. El guitarrista y yo nos metimos en el café Brasilia y pedimos dos zumos de naranja. Hablamos de muchos temas pero no dijimos nada inteligente sobre ninguno. Nos bebimos los zumos y nos quedamos interpretando nuestro silencio. Sabíamos que éramos unos necios por permanecer callados e indolentes, pero estábamos orgullosos de no avergonzarnos en público de nuestra escasa inteligencia. Antes de despedirnos nos bebimos un vasito whisky y luego cada uno se fue en busca de su soledad y de su mediocre destino sin importarnos el hecho de que jamás nos volveríamos a ver.

Anduve hasta un suntuoso portal de la Avenida Libertad. Mi tía Carlota me recibió con dos besos en la frente y me hizo pasar al comedor de su amplio piso. Cenamos un buen plato de bacalao con tomate y nos bebimos dos botellas de Oporto. Mi tía Carlota, que es brasileña de nacimiento y que toca el piano, no es exactamente mi tía. La conocí en un avión que nos llevaba a una soleada ciudad de Estados Unidos. Con el fin de matar el tiempo le escribí un haiku que alababa su cabello blanco y su voz ronca y nocturna. Ella se emocionó y me llamó sobrino. Aquella noche, después de cenar, tocó el piano hasta la medianoche y después nos emborrachamos sin perder la compostura.

A las dos de la madrugada entró en el piso un hombre rechoncho y muy simpático. Besó a mi tía Carlota en los labios y me ofreció un habano. Me lo fumé mientras me tomaba la última copa. El novio de Carlota era armador y había escrito un curioso opúsculo sobre la almadraba. Él y mi tía se encerraron sigilosamente en un dormitorio y traté de no imaginarme nada de lo que estaban haciendo. Al poco rato me quedé dormido en el sofá.

Cuando desperté, el amanecer ya estaba lamiendo mis ojos y mis babas. Me levanté y salí a la calle. Lisboa me saludó con la prudente modestia de los poetas que se saben geniales. Caminé hasta el monasterio de Los Jerónimos y una vez allí, sobre una isla de hierba, vomité. El Tajo me miró con desprecio, pero yo me encontraba feliz con mi sonrisa estúpida y con mi cerebro jugoso de resaca y confusión.

Piel

El cadáver de mi lujuria

se prepara un almuerzo de aire y luz

mientras tu mente pintada

de siglos y tambores acaricia

el soberbio sueño de unas nubes sajonas.

Manicomios verticales de pájaros esbeltos

se destruyen jovialmente

bajo los estornudos de una montaña

que moquea arroyos desnutridos.

Me acerco a tus huesos

con nostalgia de bosque magiar

y escucho la saliva que viaja

en el ataúd de nuestra vida.

Beso tu olor de halcón profanado

por la ira de una nieve con voz de espada

y despedazo sobre ti el invierno

de mis manos feudales.

Los dioses de mi sangre

alzan sus castillos de indolencia

sobre la soledad de unos álamos

mullidos de millones de ocasos.

Este paisaje tiene el orgullo

de un viejo monje lascivo.

El tedioso monumento de mi nihilismo

se entrega por fin a los leones de tu piel.

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“Circe ofreciendo la copa a Ulises”, de Waterhouse.