Shoah

ALGUNOS soldados de las Waffen-SS encargados de custodiar los campos de exterminio cogían por los tobillos a los bebés judíos recién bajados de los trenes de la muerte y, tras agitarlos como saleros en el fúnebre aire polaco, les reventaban la cabeza contra una tapia con el fin de ejercitar la crueldad y, de paso, aniquilar mental y espiritualmente a los hebreos que caminaban hacia su espantoso destino. ¿Quién puede mantener la cordura y el coraje ante algo tan demoniaco? Entretanto, los verdugos y sus camaradas prorrumpían en carcajadas y se ufanaban de su salvajismo mientras incitaban a los perros guardianes a acosar, a ladrar y a morder a las víctimas petrificadas por el horror. Esto lo cuenta con excelente rigor y precisión el gran periodista y escritor soviético Vasili Grossman en sus crónicas sobre Treblinka. Grossman sí retrató un infierno de verdad y no Dante, ese enorme poeta pero también, según Federico Nietzsche, esa “hiena que versifica entre las tumbas”.

En Shoah (1985) –la película documental de diez horas sobre el Holocausto–, uno de los supervivientes del Holocausto cuenta al admirable Claude Lanzmann, director del filme, cómo algunos niños judíos morían aplastados en el interior de las cámaras de gas porque sus padres, más fuertes y más altos, se afanaban en alcanzar el techo del barracón en busca de una migaja de oxígeno. Y para ello necesitaban utilizar de peldaño el tierno cráneo de un chiquillo. El ser humano no tiene tiempo de apiadarse ni siquiera de sus propios hijos cuando ya ha sido hecha pedazos su dignidad mediante la tortura y el sadismo de un Estado totalitario. Shoah es una inmensa fuente de detalles escalofriantes y aterradores. Pero solo quien se interesa por conocer esos detalles y trata de visualizarlos en su imaginación es capaz de hacerse una ligera idea de lo que realmente supuso el nazismo y de lo que es un auténtico nazi.

Vi Shoah por primera vez en el Círculo de Bellas Artes con motivo del vigésimo quinto aniversario de su estreno. Cuando concluyó la larga y catártica proyección, salí del cine con la impresión de llevar millones de muertos dentro de mí, como si más que un hombre yo fuera un país cargado de aullidos y llantos. Ha sido una de las pocas veces en que he experimentado con enorme lucidez la sensación de que el yo es múltiple y diverso. Al mismo tiempo, un sentimiento de culpa fue abriéndose paso a través de todas las emociones que me embargaban. Descubrí que me sentía culpable por todas las veces que había lanzado contra alguien el calificativo de nazi sin ningún rigor y sin ninguna base histórica.

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Un fotograma de Shoah (1985), documental dirigido por Claude Lanzmann.

En nuestras sociedades proliferan los grupos antifascistas. Es necesario y laudable, desde luego, que la gente esté alerta y que se denuncie cualquier fenómeno o iniciativa política que pueda propiciar una institucionalización y normalización del racismo y de la xenofobia. Ahora bien, algunos colectivos de dudosa y mostrenca ideología se amparan en el hermoso disfraz del antifascismo para comprar su impunidad y, de ese modo, linchar y desprestigiar placenteramente a todo ciudadano inocente y corriente que no sea de su agrado o de su cuerda. Digamos que siempre ha habido y habrá un fingido antifascismo que se expresa en un tono fascista y violento con el fin de imponer un pensamiento único, si es que puede denominarse pensamiento a lo que es básicamente el canto de guerra de una tribu pagada de sí misma. Un ejemplo reciente de esa actitud lo constituye el caso de Roman Zozulya, un futbolista ucraniano que no podrá jugar en el Rayo Vallecano porque varias peñas de ese equipo, tras tacharle de nazi, le han vetado y han logrado que la asustadiza directiva de ese club haya accedido a aplicar tamaño veto.

Zozulya es simplemente un devoto del nacionalismo ucraniano, pero nada ha hecho en su vida para que merezca cargar con el rótulo de nazi. Personalmente siento antipatía hacia cualquier forma de nacionalismo. No obstante, ¿a estas alturas hace falta recordar que, si bien todo nazi es nacionalista, no todo nacionalista es nazi? Parece obvio que a los hinchas radicales del Rayo, como a otras sectas ultras que encanallan el fútbol y las calles, les interesa poco el conocimiento de la realidad, de sus matices y de los datos concretos y cotejables. Si Zozulya fuera realmente un nazi, casi ninguno de esos antifascistas de salón o de graderío se hubiera atrevido a toserle. Es solo una corazonada, claro. Pero dime de qué presumes y te diré de qué careces. ¿Cuántos de estos supuestos cazadores de nazis, de haber vivido en la Alemania de Hitler y de Himmler, se habrían puesto del lado de los judíos y de los gitanos que fueron conducidos a una muerte espantosa? Mejor no hacerse preguntas tan incómodas y tan retorcidas.

Una última observación: he escuchado los chistes antisemitas más salvajes y crueles sobre la Shoah en ambientes donde se presumía radicalmente de cultivar un total antifascismo. Quiero pensar que algunos de esos antifascistas tuvieron simplemente un mal día.

La mantequilla de Brando

TENÍA 14 años cuando me asomé por primera vez a Él último tango en París. La vi a escondidas, de madrugada, hierático de miedo y de fascinación, una oreja puesta en alerta para detectar cualquier pisada adulta en el pasillo, con el volumen de la televisión rozando el silencio, los ojos viajando de los subtítulos en castellano a los rostros de Marlon Brando y de Maria Schneider. Cuando llegó la célebre escena de la mantequilla, no pude reprimir una carcajada. La representación de la sodomía me parecía por entonces más cómica que excitante. Cuando terminé de ver la película de Bertolucci, con la mirada rendida a los títulos de crédito, experimenté un escalofriante y furioso entusiasmo. Tuve deseos de compartir mi emoción con mis progenitores, pero supuse que no sería una buena idea. De cualquier manera, me pareció que acababa de presenciar un magistral relato sobre la autodestrucción de un hombre zarandeado por el caos de su decadencia física y mental. La expresión de honda devastación que refleja la cara del personaje de Brando me descubrió de golpe lo aterrador y estimulante que puede ser vivir sin rumbo y sin talento para encontrarlo. Cada cierto tiempo vuelvo a ver El último tango en París para deleitarme en los angustiosos y poderosos movimientos de cámara dictaminados por Bertolucci y para recrearme, cómo no, en la contemplación del rostro de Brando. Un rostro rebosante de nihilismo en cuyos ojos campea un agotamiento metafísico que resume perfectamente la desesperación y la angustia de un ser humano atrapado en el desquiciamiento más absoluto.

Desde hace semanas, o quizá sean meses, comentan los medios de comunicación y bastantes predicadores de la redes sociales que Brando violó realmente a Schneider, es decir, que la escena del celebérrimo griego con olor a mantequilla no fue fingida ni pactada, sino que se produjo porque Brando padeció durante el desayuno un calentón de pelotas y no pudo resistirse a catar el jovencísimo ano de la Schneider. Quienes actualmente denuncian, con histriónica y sobreactuada indignación, la supuesta infamia de Brando y la canallesca complicidad de Bertolucci basan sus acusaciones en una desencantada y melancólica entrevista que Schneider concedió al sensacionalista Daily Mail en 2007. En un pasaje de esa conversación, Schneider dice que se sintió un poco violada. He aquí sus palabras exactas: “I felt little raped by Brando”. Los fabricantes y difusores de este escándalo han convencido a la opinión pública de que sentirse violada es lo mismo que ser violada. ¿Es realmente lo mismo? Si fuera lo mismo, más de la mitad de la población mundial masculina debería estar en la cárcel.

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Quienes acusan a Brando de violador no mencionan en sus informaciones ni en sus denuncias el resto de declaraciones que efectuó la actriz francesa al periódico inglés. Y no las mencionan porque entonces quedaría demostrado que el titán de Hollywood nacido en Nebraska no violó a Schneider, sino que aparentó violarla, interpretando con su cuerpo las maniobras sucias de un cínico hijo de puta ávido de profanar un culo reacio a la penetración. Cualquiera que sepa algo de los protocolos del sexo anal y vea la famosa escena con atenta pupila clínica, sin el velo del escándalo, apreciará claramente que no hay perforación de ojete. Lo que puede provocar cierta conmoción al público poco acostumbrado a toparse con representaciones de la sodomía es ver cómo el cuerpo de una mujer joven y delicada es aplastado por la masa lasciva y palpitante de un macho que exuda una virilidad ofensiva para ciertos estómagos delicados de nuestra época.

A diferencia de tantos comentaristas y moralistas deseosos de condenar a un famoso ya muerto y que no tiene la oportunidad de defenderse, yo me he tomado la molestia de leer íntegramente la entrevista de Schneider al Daily Mail (es posible hallarla en internet) y no he encontrado nada que avale las falsedades y exageraciones que se han publicado sobre este asunto. En un momento dado, Schneider comenta: “There was no attraction between us. For me, he was more like a father figure and I a daughter”. (“No había atracción entre nosotros. Para mí, él era como una figura paterna y yo, como una hija”). Y la actriz gala añade: “Marlon said to me: ‘You look just like Cheyenne (his daughter) with your baby face.’ (“Marlon me dijo: ‘Te pareces a Cheyenne (la hija de Brando) con tu cara de niña’). A juzgar por estas revelaciones, no parece muy verosímil que Marlon Brando, un hombre al que nunca le faltaron ligues en cualquier pueblo de este curioso y disparatado planeta, deseara perpetrar una auténtica violación comme il faut de la cual no iba a sacar ningún instante de gozo ni ninguna experiencia sobrenatural. ¿Acaso Brando impostó una actitud paternal para de ese modo engatusar y atrapar más holgadamente a su presa? Schneider podría ser joven, pero no era jilipollas. Además una mujer sabe perfectamente si un hombre la mira como a una hija, como a una potencial amante o como a una experimentada calientapitos de local after-hours. Si damos crédito a todo lo dicho por Schneider en aquello que puede interpretarse inicuamente, ¿por qué no vamos a concedérselo cuando revela aspectos más amables de su viril y sudoroso compañero de reparto?

Schneider también comenta en la entrevista que Brando y ella terminaron el rodaje siendo bastante amigos. ¿Es que esta mujer era tan ingenua y pánfila que deseaba mantener buenas relaciones con su violador? En ese sentido, algunos artesanos de rumores y de bulos calumniosos nos han esbozado a una Maria Schneider desprotegida, vulnerable, huérfana de mentores y de guías éticos en el momento de caer en la redes del gordo y embaucador Bertolucci (olvidamos que todo gran artista es un gran embaucador). Al leer u oír esos retratos que rezuman infantil patetismo, nos imaginamos a un desdichada y explotada proletaria sexual de la Rue Clichy reclutada tramposamente por unos productores desalmados para que la pobre criatura sea acometida por todos los orificios de su exhausto cuerpo. La realidad fue muy distinta. Y para demostrarlo daré algunos datos verdaderos e inapelables: Maria Schneider, nacida en París en 1952, fue hija de un destacado y más que notable actor francés, Daniel Gélin. Este intérprete hizo cine, teatro y también se incursionó ocasionalmente en la dirección. Por si esto fuera poco, Schneider, siendo todavía una adolescente, fue medio adoptada y totalmente amadrinada por Brigitte Bardot, amiga de Gélin. No parece, pues, que Schneider fuera una muchacha salida de la nada o engendrada en la sordidez de un barrio cruzado de rufianes y de aromas a puterío de palangana. Para su suerte o para su desgracia, creció entre gente del espectáculo y de la farándula, que es como asistir a diario a una escuela de mundanidad. Gracias a las recomendaciones y ayudas del agente de Bardot pudo meter la cabeza (y otras partes de su cuerpo) en la gran pantalla.

¿Cuál fue la verdadera tragedia de Schneider? Que el cine no recompensó su sacrificio. Sus confesiones al Daily Mail dejan traslucir la amargura y la rabia de quien considera que se ha puesto en cueros ante el mundo para nada. Pese a la fama obtenida por El último tango en París, Schneider no logró (ni la dejaron) trascender su faceta de sex-symbol y, para el común de los mortales, quedó encasillada para siempre en el papel de la muchacha a la que Brando aplicó esquirlas de mantequilla en el culete. Es normal que, treinta y cinco años después del estreno de la película, tras pasar por un psiquiátrico y quedar enganchada a la heroína, declarara sentirse engañada por Bertolucci. Las locuras de juventud, hechas para llamar la atención o para cabrear al padre, suelen considerarse necesarias e indispensables si uno llega a la madurez con la sensación de haber triunfado. De lo contrario, si es el sentimiento de fracaso el que predomina en la mente de una persona ya madura, los actos transgresores y rebeldes del pasado pasan a ser necedades y cochinadas gratuitas que, en opinión de su autor, solo han servido para adquirir mala reputación y para ser ridiculizado hasta la saciedad por la chusma. También hay que tener en cuenta que Schneider, como cualquier persona, se vio influida por el signo de los tiempos. El mundo de 2007, año de la entrevista, ya era un mundo muy intoxicado por los gérmenes de la corrección política. Más o menos como el de ahora: una mojigatería rampante, tanto por la izquierda como por la derecha, empeñada en condenar cualquier expresión ideológica y artística que muestre los aspectos supuestamente oscuros y negativos del ser humano y de la vida. ¡Qué diferente del mundo de 1972, año de producción de El último tango…! En aquella época había un ansía de despelotarse y de enterrar definitivamente la superstición de los pudores castrantes. En aquella época había una necesidad de contar y visualizar todo, sin límites, y de dar rienda suelta a la subjetividad y al temperamento. Pero pasaron unos cuantos años y llegó el sida, y echar un polvo pasó a ser más un acto de defensa que de placer, y el Islam más salvaje se fue imponiendo al más moderado, y los occidentales empezaron a creer que la libertad se defiende sola, y muchos contadores de historias comenzaron a tener miedo a tener un estilo propio y a parecer demasiado personales, y todo se fue deteriorando y degradando. Ahora hay que cubrir hasta el más cándido pezón para no enfadar a los centinelas del jardín de infancia y de gazmoñería en que se está convirtiendo un buen trozo de humanidad.

Es posible que Schneider, atosigada en su inconsciente por las veladas oleadas de censura sexual que han acompañado el nacimiento del siglo XXI, se sintiera súbitamente culpable de haber enseñado el coño peludo de su juventud y se replantease su visión de la mujer, así como otros aspectos de la vida. Es bastante probable que muriera, en 2011, creyendo que había sido utilizada por un cineasta sin escrúpulos para alimentar únicamente la leyenda de éste y de un actor que ya era un dios de Hollywood. A decir verdad, no son pocos los actores que, tras haber trabajado con algún realizador de culto, se han sentido estafados y manipulados. Pero el cine es manipulación y es, entre otras cosas, inducir al actor a que juegue con sus emociones y con su cuerpo para que los espectadores puedan entrever un matiz de la vida que se les escapa mientras viven. Si el actor tuviera la misma información que el director, lo más probable es que el primero saliera huyendo antes de rodar la primera escena. Interpretar es un trabajo de valientes o de insensatos.

María Schneider fue una mujer muy valiente. Su formidable desinhibición sexual ante la mirada de Brando y de Bertolucci ha hecho mucho más por la liberación de la mujer que esos discursos hipotéticamente feministas que atacan cualquier desnudo femenino o cualquier producto pornográfico, sin reparar en su contexto, por considerarlo siempre una estrategia de cosificación. ¡Como si no hubiera porno lésbico, o porno gay, o porno en el que la mujer demuestra su superioridad física ante un hombre que no puede más y que está suplicando con los ojos que concluya tan placentero suplicio! Con su desnudez descarada y triunfante, Schneider, quizá sin pretenderlo, enseñó a varias generaciones que el cuerpo femenino es algo natural y hermoso que puede ser mostrado cuando la dueña de ese cuerpo así lo desee y lo considere oportuno. La escena de la mantequilla y del fingido enculamiento, muy al contrario de la estulta opinión dominante, no supone una denigración de la mujer por dos razones: digan lo que digan los indocumentados, se trata de una ficción y, en segundo lugar, constituye una denuncia de la violencia que han de soportar muchas mujeres en el mundo por parte de sus parejas. Si alguien queda en mal lugar en esa escena, no es la mujer, sino el hombre. ¿Acaso es negativo que el cine muestre lo cabrón que puede ser un tío cuando no controla sus ganas de meterla? No sé el resto de hombres, pero yo, cuando veo una escena de violación en el cine, no puedo evitar tomar conciencia de lo peligrosos que podemos llegar a ser los representantes del sexo masculino si nos dejamos nublar por la lujuria y por otras pasiones. Creo que la mejor forma de prevenir desgracias es tomar conciencia de la propia naturaleza. La sádica mantequilla de Marlon Brando, al igual que otras escenas valientes y descarnadas, nos ayuda en esa tarea, pues nos incita a conocernos un poco más. Y también a avergonzarnos de las humillaciones y vejaciones que podemos llegar a infligir a las mujeres si bajamos la guardia y nos creemos caballeros puros e intachables. Una persona que se asusta ante la perversidad en la ficciones corre el riesgo de no querer enfrentarse a la perversidad real, incluso de negarla. Pero esto es solo una opinión…